Entre a un sitio que esta dentro de los favoritos de una amiga de su blog las alas del alacran, realmente muy buenas historias te encuentran en esta pagina extraidas del libro Horrores Breves de Sergio Quinonez, a continuacion les presento una probadita de este cuento que realmente me dejo helado por un momento. Princesa Urbana Cuento del libro Horrores Breves Sergio Quinonez De Noche. Un lujoso automóvil negro se deslizaba sobre el asfalto, su motor de nueva generación no producía ruido alguno, respetando el silencio de la ciudad dormida. Al volante, una chica con los ojos abultados, el cabello alborotado, y el maquillaje corrido. Era una Princesa urbana, joven y hermosa. Lloraba asustada, buscando desesperada una solución. El dolor, y la vergüenza eran sus únicos acompañantes en el interior de piel que aún olía a tapicería nueva. Detalle que antes le resultaba agradable, pero ahora, era solo un elemento banal ante su nueva situación. Días atrás, su mundo era otro. Bello, opulento, y lleno de esperanza. Su vida, había girado entorno a su elegante vestido de novia, la fastuosa ceremonia religiosa en el antiguo templo, y la glamorosa fiesta, donde impresionaría a más de quinientos invitados. Pero, su perfecto mundo de fantasía se vino abajo, desmoronándose como el hormiguero al que ha alcanzado la corriente del río desbordado. Su Príncipe Urbano canceló la boda. Nadie tuvo las respuestas que desesperada exigía. Ni en su gimnasio con instructores certificados, ni en el club de golf de su padre, ni en las verdes praderas de club de equitación. Ni su madre, ni la madre de su príncipe, ni si quiera su terapeuta personal. Como siempre, las respuestas arribaron en primera clase, por la vía del murmullo y la intriga de aquellas que antes la envidiaban, y ahora de ella se reían. Embustes que venían de doncellas frívolas, con el título nobiliario de amigas. Había sido por otra mujer. Por una plebeya urbana. Una ordinaria sin apellido histórico, sin padre millonario, sin automóvil del año. Una común, que no había estudiado en colegio de altura, ni adquiría sus ropajes en lugares exclusivos. Una… que no era una Princesa Urbana, como ella. Fue hazmerreír y broma del momento en la corte metropolitana. Las risas viperinas se arrastraron por los grandes salones de banquetes donde se pagaba con American Express. Los murmullos susurraban en el SPA donde acudía a relajar un poco de su tensión. En un arrebato de histeria, se arrojó a su extenso jardín con el vestido de novia en brazos, lo bañó del coñac de su padre, y le prendió fuego. Nadie intentó detenerla. Ni su padre, el rey empresario, ni su madre, la reina, presidenta del club de bridge. Hoy, se habían cumplido siete noches de aquella, en que su madre, había recibido la llamada para avisarle de la cancelación. Y entonces, abrumada por la depresión y la vergüenza, había tenido la idea de salir. La Princesa Urbana había sido educada con la ley de las monjas, con las restricciones y los prejuicios de su madre, y con el cetro de hierro impositivo de su padre, preparándola así, para ser en un tiempo venidero, la reina de esa armoniosa sociedad. Debido a ese encierro, y a ese limitado mundo de riqueza, ella desconocía la vida nocturna del pueblo. Durante su noviazgo, El Príncipe respetó las directrices de la familia, regresándola a casa antes de las diez de la noche, haciéndola sentirse como una cenicienta. La Princesa Urbana fue siempre chica de un beso sin pasión, de una caricia pueril, y de una sonrisa inocente. Faldas largas, escote cerrado. Ropajes Donna Kara de buen gusto y notorio recato. Pero ella había escuchado los nombres de lugares donde los jóvenes plebeyos solían divertirse. Se alborotó el cabello como lo hacían las ordinarias, subió la bastilla de su falda, y pronunció el derrumbe de su escote. Exageró su maquillaje, ignorante de cómo podía darse ese toque de hechicera mundana. Tomó las llaves del Mercedes Benz, y se lanzó con la esperanza de vivir una aventura. El lugar que recordaba había pasado de moda, pero ella lo ignoraba. Se sintió inquieta y temerosa al encontrarlo semivacío. Ninguna cara familiar, ninguna doncella amiga del colegio, ningún representante de la nobleza que frecuentara su club, su colegio, o su iglesia. Solo rostros plebeyos desconocidos, que la miraron fijamente al entrar. Le sonrieron con sonrisas ordinarias, y ella sonrió con su sonrisa de Princesa Urbana. Se acercó a la barra, se sentó sobre uno de esos altos bancos, sintiendo como sus piernas se descubrían un poco más. Un hormigueo de atrevimiento excitó su piel. Volvió a sonreír con su noble sonrisa, mostrando sus aperlados dientes que de niña el dentista mejoró. Pidió la misma bebida que su padre tomaba, y que ella nunca había probado. Whisky con algo, e hizo una mueca ante el sabor amargo que supuso a los caballeros podría gustar. Un plebeyo atractivo se acercó, se presentó, contó un par de bromas y la hizo reír. Le invitó un par de tragos, le ofreció un cigarro, le enseñó a fumar. La hizo reír más. Y en cierto momento, cuando la Princesa Urbana se distrajo, él arrojó un polvo blanco en su bebida. Despertó no en su alcoba que siempre olía a gardenias, no rodeada de sus edredones de pluma de ganso, ni de sus sábanas bordadas. Si no en un cuarto de motel, que olía a humedad y humo de cigarro. El dolor de cabeza la trajo con violencia a la realidad, sintió nauseas y vomitó a un lado de la mojada y vencida cama. La punzada entre sus piernas llamó su atención. Bajó la mirada, y su jaqueca quedó en el olvido. La Princesa Urbana, la alumna ejemplar, la campeona de equitación, la chica que con desprecio trataba a la servidumbre de su Palacio Urbano, se encontró Sentada ante una gran mancha de sangre y fluidos. Y perdiendo toda postura real, volvió a vomitar. Luego, rompió en llanto. No recordaba el nombre del muchacho que la había hecho reír. En la oficina del motel le dijeron que la cuenta estaba pagada, y que se largara de ahí. Encontró su vehículo donde lo había dejado. Le habían rayado el costado derecho, escribiendo sobre la oscura puerta la proclama: Puta Rica De Buenas Nalgas. Ahora, la Princesa Urbana, manejaba su Mercedes Benz negro a alta velocidad. Tan rápido, que ningún plebeyo, cortesana o noble urbano podría leer la proclama que la había bautizado aquella noche como la puta rica de buenas nalgas. No sabía que iba a hacer, lloraba en momentos. A veces gritaba desesperada. La carroza de ochenta mil dólares abandonó la iluminada avenida, y tomó el delgado camino, bordeado de bosques, que le llevaría a la zona residencial, donde tenía su casa, en las afueras de la ciudad. La oscuridad rural envolvió el vehículo. Pisó el acelerador aún más, y el velocímetro marcó los ciento veinte kilómetros por hora. Ante ella, apareció el letrero que trajo una breve descarga de tranquilidad. “Bosques Residenciales 2 KM” “Hogar” Pensó La Princesa Urbana. Su padre, el Rey Empresario, ese apuesto monarca de trajes Armani arreglaría todo de alguna forma. Miró el reloj de vehículo. 4:35 AM. No recordaba alguna ocasión en la que hubiera estado a esas horas, fuera de su alcoba. Suspiró nostálgica, al pensar en la protección de sus almohadones, en el regazo de su padre cuando llorara y le narrara como un plebeyo la había ultrajado, para luego abandonarla en aquella cueva que apestaba a humedad. Quería sumergirse en su tina de agua caliente, quería tratar de arrancar de si todo rastro de aquél. Iba a comenzar un nuevo llanto, atraído por la nostalgia de su hogar al que se aproximaba, cuando algo llamó su atención, interrumpiendo su nuevo momento trágico. Una figura apareció en su campo visual, un hombre. A pesar de la velocidad, y de la oscuridad, pudo verlo, como una estatua de sal. Una figura desgarbada, algo torcida de ropas rasgadas. Las luces de los faros del auto le dieron una imagen fantasmal. El tiempo pareció detenerse por un instante. Porque, a pesar de la velocidad, a pesar de sus lágrimas que atormentaban sus ojos, a pesar del cansancio y la resaca del whisky y de lo que le hubiera arrojado el plebeyo en su bebida. A pesar de todo esto, los ojos de aquel hombre se clavaron el los suyos. Algo en aquella figura la inquietó. Miró por el retrovisor. Solo encontró la negrura de un bosque en la noche. Se estremeció un poco, y de pronto se sintió muy sola, como si hubiera caído en un negro vacío junto a su lujoso automóvil, y estuviera perdida en aquel abismo. Estiró su mano derecha, encendiendo la radio, buscando un poco de compañía, algo que alejara esa repentina soledad que venía a hacer infamia compañía al dolor y la vergüenza que eran sus únicos pasajeros. El aparato arrojó con fuerza un grito femenino, alargado, granoso y desgarrante. Asustada, también gritó, aunque su grito fue corto, agudo y sorpresivo. Cientos de voces se abultaron en las bocinas, murmullos lamentosos, una mezcla de ruidos, de sonidos. El volumen al máximo aisló el leve murmullo de las llantas sobre el pavimento. Ya no había ruido de motor, ya no había el zumbar del viento, solo el radio lanzando su locura. Ruido de estática. si quieren ver completo el cuento denle copy and paste a este link: http://www.sergioquinonez.com/princesa_urbana.htm